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La espiritualidad de Schoenstatt

La espiritualidad de Schoenstatt

Madre tres veces admirable

En 1915, el P. Kentenich encontró un libro del sacerdote jesuita, el P. Franz Hattler, titulado “El P. Rem y el Colloqium Mariano”. Compartió con los jóvenes lo que allí se relataba y encontraron que lo que había sucedido en la región de Ingolstadt (Ingolstadt queda a 80 Km al norte de München, en el sur de Alemania) con la Congregación Mariana, se asemejaba a lo que ellos mismos aspiraban realizar. La Congregación Mariana de Schoenstatt quería desarrollar una fuerte devoción mariana que se expresara tanto en su propia autoeducación como en el apostolado. Por eso les interesó especialmente el hecho de que la Congregación Mariana de Ingolstadt había llegado a ser el motor de la renovación católica en toda la región. En este contexto decidieron escoger la advocación con la cual se veneraba a María en Ingolstadt: "Mater ter Admirabilis"

Maria, la madre de Jesús es humana. Es elegida por dios para proponer a todos los hombres la nueva alianza. Igual que Dios eligió a Adán y Eva, Noé, Abraham, Moisés y David (Jose desciende del linaje de David) y está prefigurada por los profetas (Is 7: 13-14).

María es Co-redentora y Mediadora de gracias.

Co-redentora:

Primero entendamos que es la Redención: Es la restauración del hombre de la esclavitud del pecado a la libertad de los hijos de Dios, a través de las satisfacciones y méritos de cristo.Todos somos llamados a la co-redención. (Lc 2, 35 ; Mc 10, 39; Jn 21, 18-19; Col 1, 24.).

Igual que Adán y Eva con quienes en su desobediencia representaron a toda la humanidad, y nosotros sufrimos el efecto de la caída, Maria en su obediencia representa a toda la humanidad, por eso es “co” redentora, porque colabora de manera augusta (excelsa) a la redención. El Catecismo de la Iglesia nos dice: n. 618 “eso lo realiza en forma excelsa en su madre, asociada más íntimamente que nadie al misterio de su sufrimiento redentor”.

Mediadora.

María se encuentra en los episodios más importantes de la vida de Jesús, en donde Dios la necesita para a través de ella como cooperadora de ÉL, media por nosotros. Así la vemos en cinco momentos importantes:

  • LA LLEGADA DEL REDENTOR: Da el SÍ a Dios (LC 1:26-31; 38, MT 1:18-19), sin el SÍ, no existiría salvación.

  • VISITACION DE MARIA A SU PRIMA ISABEL (LC 1: 39-45) María es la primera evangelizadora.

  • LAS BODAS DE CANA (JN 2:1-5). El primer milagro de Jesús, que se concreta por la acción de su madre María.

  • CRUCIFIXION (JUAN 19: 25-27). Donde Jesús le entrega a María la humanidad.

  • PENTECOSTÉS (Hechos de los Apóstoles 1,14; 2,1). El resultado de la resurrección. María privilegiada junto a los apóstoles, recibe al espíritu santo.

Recordemos que la salvación es una tarea de nosotros también. Nosotros estamos llamados a cooperar a la salvación, porque podemos perderla por nuestros propios actos. San Agustín decía. El que te creo sin ti, no te va salvar sin ti.

San Juan Pablo Segundo nos dice en su encíclica redemptoris mater (21,39): Al proclamar a Cristo el único mediador (1 Tm 2:5-6), el texto de la Carta de San Pablo a Timoteo excluye cualquier otra forma de mediación paralela, pero no la mediación subordinada. De hecho, antes de enfatizar la única exclusiva mediación de Cristo, el autor urge “que se hagan plegarias, oraciones, súplicas y acciones de gracias por todos los hombres” (1 Tm. 2:1). ¿No son acaso las oraciones una forma de mediación? En verdad, de acuerdo a San Pablo, la mediación única de Cristo está destinada a estimular otras formas de mediación dependientes ministeriales.

María fue quien estuvo más cerca de Jesús. En los momentos más importantes de la iglesia cristiana y medió por nosotros siempre. Ella está dispuesta a ayudarnos a no alejarnos ni renegar de Dios, pues nos educa y guía hacia el Padre.

Alianza de Amor con Maria

Para los cristianos, la Alianza es la esencia de nuestro vínculo con el Padre. Recordemos que según la sagrada escritura, la historia de la salvación es una historia de alianza de Dios con su pueblo.

Cómo entramos los cristianos a la Alianza de Cristo con el Padre? A través del bautismo. La Alianza Bautismal es un acuerdo hecho entre la persona que será bautizada, sea personalmente o a través de un padrino, de pertenecer enteramente a Cristo, quien a su vez promete al nuevo cristiano bendecirlo o bendecirla con una vida de gracia divina. De igual manera quiere ser nuestra historia de fidelidad y amor a Dios a través de una alianza con la Virgen María.

La alianza con Maria es una “Renovación” de nuestra alianza bautismal. (Juan 3: 3 Efesios 4:3-14). La “Renovación” en el sentido de volver algo a su primer estado, dejarlo como nuevo, restablecer algo que se había interrumpido, y NO el sustituir o reemplazar algo.

Por qué hacer una Alianza con María?

En Schoenstatt, nosotros hacemos una Alianza con María, entendida como un pacto con ella para que nos guíe en el camino al Padre a través de su Hijo Jesús, eduque a no fallar a Jesús que le conoce como nadie, interceda ante Jesús para nuestra salvación. La necesitamos? Mucha gente no requiere de su madre o de su padre para ser buenos ciudadanos, sin embargo, cualquier ayuda siempre es bienvenida. La virgen está dispuesta a entregarse a nosotros como modelo cristiano y a dirigirnos con docilidad de madre para llegar a Dios.

Vocacion a la santidad

Todo hijo de la Iglesia debe comprender que está llamado a ser santo. Es precisamente el Señor Jesús quien invita a seguir su camino hacia la plenitud.

El Concilio Vaticano II ha sido muy claro al respecto dedicándole todo un capítulo de la Constitución Dogmática Lumen Gentium (Luz de las gentes). En él leemos un pasaje fundamental en el que conviene reflexionar:

«Es, pues, completamente claro que todos los fieles, de cualquier estado o condición están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad, y esta santidad suscita un nivel de vida más humano incluso en la sociedad terrena. En el logro de esa perfección, empeñan los fieles las fuerzas recibidas según la medida de la donación de Cristo, a fin de que, siguiendo sus huellas y hechos conformes a su imagen, obedeciendo en todo a la voluntad del Padre, se entreguen con toda su alma a la gloria de Dios y al servicio del prójimo».

La vocación a la vida cristiana y el llamado a la santidad son, pues, equivalentes, ya que todo fiel está llamado a la santidad. La santidad está en la misma línea que la conformación con Aquel que precisamente es Maestro y Modelo de santidad. Nadie pues, que realmente quiera ser cristiano puede considerarse exento del imperativo de aspirar a la santidad. Ninguna excusa, como la dificultad de ese camino o las atracciones del mundo o lo complejo de la vida moderna, puede argumentarse para evitar el destino de felicidad al que Dios llama al hombre. No hay, pues, excusas válidas para desoír el llamado a caminar hacia la plenitud, hacia la felicidad plena. Existe sí la libertad de decir «no». Siempre existe esa posibilidad, pero al decir «no» la persona se está cerrando al designio que Dios le tiene preparado, es decir, está renunciando a su felicidad.

Si bien la santidad en la Iglesia es la misma para todos, ella no se manifiesta de una única forma. Por ello la insistencia en que cada uno ha de santificarse en el estado de vida al cual ha sido llamado, siguiendo en él al Señor Jesús, modelo de toda santidad.

Cada uno, en su estado de vida y en su ocupación, desde sus circunstancias concretas, «debe avanzar por el camino de fe viva, que suscita esperanza y se traduce en obras de amor». Así, el obispo se ha de santificar como obispo, el sacerdote como sacerdote, las personas que han sido llamadas al matrimonio, en su propio camino pero todos aspirando a la perfección de la caridad. Así pues, cada uno ha de buscar santificarse en su propio estado y condición de vida de acuerdo a sus circunstancias concretas.

La santidad es el gran regalo para el ser humano. Esta santidad es pues decisiva para la felicidad del ser humano. Es meta fundamental a la que se debe tender para alcanzar la plenitud. No es superflua, en lo más mínimo, aunque es gratuita. Se debe siempre a la iniciativa y al don de Dios, pero requiere de una colaboración entusiasta y eficaz. Todo creyente debe dejarse invadir por un intenso ardor por aspirar a la propia santidad. Todo bautizado debe tomar conciencia de qué significa realmente ser bautizado y valorar tan magno tesoro pensando, sintiendo y actuando como cristiano. Es, pues, necesario que cada uno ponga el mayor interés y dedique lo mejor de sí a responder a la gracia, cooperando con ella desde su libertad para vivir cristianamente. Y así llegar a ser santo y plenamente feliz.

Fuente: Mundo Schoenstatt

Capital de gracias

Los jóvenes co-fundadores de Schoenstatt se unían en la oración y el sacrificio con la intención común de que la Santísima Virgen hiciera nacer, desde el Santuario, un Movimiento de renovación para el tiempo actual. "Capital de Gracias" es una expresión gráfica para describir este proceso vital. Tal como el Señor recurre en el Evangelio a términos o realidades de orden económico (los "talentos", por ejemplo), así también lo hace el P. Kentenich. El capital es esencial para movilizar las empresas. Nuestro "capital" son las obras meritorias, todo lo que hacemos, rezamos y sufrimos con amor, lo ofrecemos a María como don de nuestro amor.

El Capital de Gracias es así, en primer lugar, una reafirmación práctica del carácter "aliancista" de toda la vida cristiana y de la vida schoenstattiana en particular. Porque la idea misma de juntar méritos para formar un "Capital de Gracias" implica la conciencia de estar respondiendo a un pacto, a un compromiso, a una alianza.

El P. Kentenich invita a los jóvenes, por las contribuciones al Capital de Gracias, a entrar de inmediato en acción: No basta la buena voluntad, sino que hay que comenzar a santificarse mediante hechos concretos, adquiriendo muchos méritos, realizando muchas obras buenas, cumpliendo fidelísimamente el deber de cada uno, rezando mucho más que antes. ¿Para qué? Para llevarlo todo al Santuario y formarle allí a la Santísima Virgen una especie de "capital" de gracias del que ella pueda disponer a voluntad, al servicio de la gran misión del Santuario. La idea de las contribuciones al Capital de Gracias moviliza así a los jóvenes a emprender una lucha activa por la santificación, claramente centrada en torno al Santuario y al apostolado. ( fuente: Mundo Schoenstatt )

Si bien toda nuestra vida es “materia apta” para las contribuciones al Capital de Gracias (todo lo que hagamos por amor y con amor, es agradable a los ojos de María), el esfuerzo por autoformarse ocupa un lugar especialmente importante en la alianza con María. A ella le ofrecemos, como aporte a su Capital de Gracias, nuestra lucha por la santidad, el cultivo de una vida de intensa oración y de fidelísimo cumplimiento del deber de estado. De esta forma, para el contrayente de la alianza, las contribuciones al Capital de Gracias, incluyen esencialmente el esfuerzo por autoformarse y por ser consecuente con los ideales. Cooperamos con el Dios que actúa por su gracia en nosotros mismos, haciendo que Cristo crezca en nosotros y su vida conforme nuestro ser y actuar. El Santuario de Schoenstatt llega a ser así nuestro hogar espiritual y “cuna de nuestra santidad” (Cf. Acta de Fundación), el lugar donde experimentamos una real transformación personal. Porque no se da una renovación del mundo y de la Iglesia si ésta no comienza en nuestro propio corazón.

Fe practica en la divina providencia

En nuestra fe cristiana, creemos en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo como Dios - amor. Ese amor paternal tiene una respuesta de todo cristiano que es la absoluta confianza en que el Dios Sabio, Poderoso y Fiel tiene un Plan de Amor para la humanidad y para cada uno de nosotros, por lo que el sabe lo que necesitamos y proveerá lo necesario. A veces creemos que Dios “no responde”, o se tarda en responder. Es que Dios atiende nuestras verdaderas necesidades, no las que nosotros creemos que son necesidades o aquellas que nos inventamos.

Llamamos FE PRÁCTICA porque creemos que es posible para cada uno de nosotros conocer ese Plan y conformar nuestra vida de acuerdo a él. Para ello, debemos tratar de buscar “activamente” esta Voluntad Divina en nuestra vida y los acontecimientos, y a responderle filial y eficazmente (“fe activa”). Pero también es una fe “receptiva”, es decir, está abierta a recibir las indicaciones de Dios y abandonarse a Su Voluntad.

Como podemos aplicar nuestra fe activa? Tres instrumentos de que nuestro fundador el P. Kentenich nos legó:

Primero,si confiamos en la Divina Providencia de Dios, trataremos de detectar la presencia y deseo de Dios en los signos de los tiempos y circunstancias; percibiremos su voluntad. A ello le llamamos las "Voces del Tiempo".

Por otra parte, si nos guiamos por la Fe en la Divina Providencia buscaremos discernir en los anhelos de nuestro corazón y los impulsos que laten en él, la voluntad de Dios. A esto se llama las “Voces del Alma”.

Finalmente, Dios ha creado un orden y la forma de ser para todo lo creado. Ello es una fuente de conocimiento de sus intenciones y designios, que el hombre debe consultar constantemente. Este orden natural de las cosas incluida la creatura humana que refleja la voluntad del Creador, Ordenador y Conservador del Universo, se denomina también "orden de ser". En la medida entonces, en que respetemos las leyes de la naturaleza y nos orientemos por las estructuras objetivas que ordenan y rigen las cosas y los procesos vitales, estaremos siendo fieles a la Voluntad de Dios. Estas son las “Voces del Ser”. Nosotros debemos tratar de conocer estos procesos naturales para entender a Dios y su providencia.

De este discernimiento, podremos descubrir el querer de Dios a través de las puertas que Él nos abre o cierra "LEY DE LA PUERTA ABIERTA"(Expresión de San Pablo) y el resultado de abrir la puerta o no forzar el abrir lo que Dios ha cerrado nos permitirá tener un criterio confirmatorio o rectificatorio de la interpretación del querer Divino, llamada la “LEY DE LA RESULTANTE CREADORA".